Medicina académica y paramedicina

Por lo general, en nuestro tiempo se supone que exceptuando la medicina académica occidental, apenas existen posibilidades esencialmente distintas para curar las enfermedades. Tal criterio está requiriendo desde lejanas fechas una completa revisión. Hay métodos de diagnóstico, terapéutica e intervención quirúrgica que resultan inexplicables, aunque nos auxilien en nuestros cálculos las ciencias contemporáneas.

Hoy día se considera aún un enigma científico el hecho de que ciertas terapias alternativas como las constelaciones familiares, percibiera al instante los problemas de fondo a nivel emocional de un paciente.

Ni la Medicina actual ni la Química y Física pueden explicar cómo es posible que el estado de una enferma desahuciada ya por los médicos convencionales, puedan experimentar una mejoría evidente  en referencia a su sisntomas físicos desde el plano emocional, realizando solo un par de sesiones de constelaciones familiares.

Un poco de historia:

Cuando el famoso terapeuta alternativo inglés Harry Edwards solicitado por algunos parientes concentrara su mente su intención en una persona enferma sin el conocimiento de ésta y desde un lugar situado a varios kilómetros del hospital, poder mejorar el estado de salud de la persona en la cual estaba pensando.

Tampoco sabemos cómo consiguió el curandero brasileño Zè Arigo extirpar sin dolor un pequeño tumor al científico y médico Henry Puharich, utilizando un cuchillo corriente sin causar infección alguna; no brotó sangre ni apenas quedó vestigio  de la cicatriz. Tales hechos resultan todavía más indescifrables para nuestro pensamiento racional si nos concretamos a las operaciones mediúmnicas de los filipinos. ¿Qué sucede durante las intervenciones de los cirujanos mediúmnicos, quienes parecen explorar con sus manos desnudas en el interior del organismo y eliminan a menudo, por vía quirúrgica, graves dolencias orgánicas?

Ahí se frustra nuestro sólido sentido común o lo que queramos significar con tal expresión, y el entendimiento hace constar sus protestas porque lo inconcebible no tiene razón de ser. Antes que tolerar la desintegración de nuestro mundo conceptual, preferimos suponer falseamiento de hechos y superchería.

En este sentido para cualquier persona del área científica o para el ciudadano moderno de api que por lo general es agnóstico. La teoría de las constelaciones familiares y su relación con el área de la mediumunidad que puedan experimentar los asienten a una sección de constelación, puede parecer actos de folclor tribal más que una terapia con bases sólidas. Pero en este respecto iremos desarrollando explicaciones científicas para cada uno  de los aspectos de una constelación familiar, apoyándonos es hechos documentado y cierto que puedes ser consultados desde internet en cualquier momento.

¡Superchería! Eso exclamó también el secretario general de la Academia Francesa de Ciencias en París, cuando, acompañado por otros celebérrimos sabios, escuchó la primera grabación gramofónica. Creyendo tener ante sí un ventrílocuo, arremetió contra el presentador y le atenazó por la garganta con el propósito de desenmascararle…, pero, ante el asombro general, la máquina siguió parloteando.

Allá por 1893, cuando un joven cirujano berlinés el más tarde famoso Cari Ludwig Schleich quiso exhibir ante un congreso médico la anestesia local, un procedimiento perfeccionado por él, los corifeos médicos le hicieron abandonar el paraninfo; y cuando se propuso, durante cierta conferencia de neurólogos y psiquiatras alemanes celebrada en Hamburgo el año 1910, entablar un coloquio sobre psicoanálisis, el profesor Wilhelm Weygandt gritó indignado, dando un puñetazo en la mesa:

Aquí cabría citar otros muchos ejemplos para demostrar la imposibilidad de lo posible. Basta con recordar todo lo sucedido en el campo de la inventiva de las ciencias naturales durante los últimos cincuenta años, es decir, los trastocamientos y vaivenes de criterios producidos durante ese tiempo, e intentar extrapolarlos desde nuestros puntos de vista actuales hacia los próximos cien años o incluso doscientos. Tal vez demos entonces la razón al matemático francés Arago Recht, quien dijo hace cuatro siglos que es preciso emplear con mucha cautela la palabra imposible al margen de las matemáticas. Para la generación precedente, eran casi imposibles todavía el alunizaje y la bomba atómica, el pulmón de acero y el trasplante de riñón.

¿Acaso no parece inquietante en lugar de lógico que nuestros avances se circunscriban casi exclusivamente, aunque sean tan grandiosos, a las conquistas técnicas? Es como si esta Humanidad nuestra se viera entre la disyuntiva de elegir entre técnica y espíritu, y optara, con absoluta mayoría, por la primera posibilidad. Los científicos de la era racionalista orientan su atención únicamente o poco menos hacia el mundo material y, obrando así, sacrifican con excesiva frecuencia la percepción de otras realidades concernientes a los seres humanos.

Aparentemente, en cada centuria el hombre ha escalado la cima de lo posible para el ser humano. Hacia fines del pasado siglo casi todos los científicos opinaron que no quedaba nada inédito por descubrir en nuestro Universo. Se creyó conocer de sobra las leyes determinativas de la Naturaleza; no se esperó ver nuevas formas de energía. Así pues, se ridiculizó, con mayor o menor benignidad, a aquellos cuyas creencias no encajaron en el mundo conceptual entonces predominante de las ciencias naturales o bien se boicoteó con suma arrogancia su trabajo. Según sabemos hoy, aquel mundo conceptual del siglo precedente fue sumamente imperfecto y recibió una orientación arbitraria. Esto acarreó el desprecio e incluso la impugnación de muchas realidades que hoy se dan ya por supuestas desde mucho tiempo atrás. A título de ejemplo, nadie recusaría la hipnosis en nuestro siglo; quien practique la psicología hipnológica no temerá ya que se le acuse de charlatanería. Como todos sabemos, la tesis sobre la indivisibilidad del átomo fue un craso error; el repudio del dirigible o avión con sus ilimitadas posibilidades nos parece incomprensible actualmente, cuando ya estamos habituados a los cohetes interplanetarios, cuyos padres espirituales, los pioneros Oberth y Goddard, fueron considerados como embaucadores técnicos, sino algo peor, en los años veinte.

Por entonces prevaleció esta creencia: ¡Nunca podrá hallarse una fuente energética claramente superior a la combustión del carbón! Sin embargo, nuestros reactores nucleares han superado millones de veces la energía generada por el carbón. Asimismo, los investigadores dedicados a esta especialidad aprecian mucho más que antes las propias energías latentes en el ser humano. Según estiman los investigadores cerebrológicos, nosotros aprovechamos solamente en un 10 % las posibilidades de nuestro cerebro.

La cuestión es ésta: ¿Nos han enseñado algo a nosotros, las equivocaciones de nuestros abuelos? ¿Hemos aprendido a ser más prudentes en las sentencias categóricas formuladas por nosotros ante fenómenos y manifestaciones aparentemente improbables de primera intención?

En este sentido las constelaciones familiares no pretenden condenar las experiencias de nuestros antepasados pero es evidente, que cien años han sido insuficientes para ocasionar un cambio radical del hombre sobre este punto, a pesar del vertiginoso desarrollo que estamos presenciando durante estos últimos años. Aquí actúan, con toda probabilidad, unos condicionamientos psicológicos ante los cuales permanecerá inerme el hombre mientras no consiga entreverlos. Al parecer, todo ser humano posee un principio ingénito de pereza intelectiva que le induce a rechazar aquellas cosas cuya influencia le haga desviarse de su trayectoria mental. Este mecanismo defensivo trabaja de una forma absolutamente instintiva como casi todas las funciones anímicas e intelectivas, y como resultado uno está expuesto a su influjo sin poderlo evitar. Por consiguiente, se dan todas las formas imaginables de parcialidad. Cierta vez, un experto psicólogo y psicoterapeuta me dijo esto:

Casi todos los seres humanos buscan tan sólo una confirmación de sus opiniones, no quieren saber nada de enseñanzas. Asimismo, el psicópata que visita al psicoterapeuta no desea escuchar ninguna censura de sus criterios, aunque estas opiniones erróneas sean la causa de sus trastornos. Desde luego, cada cual está dispuesto a asimilar nuevos conocimientos, pero, por lo general, sólo cuando éstos no rebatan los propios conceptos básicos e incluso, quizá, cuando no requieran un ritmo mental insólito. De ordinario, uno apenas percibe cuán esclavizado está por su ritmo mental automático, así las constelaciones familiares pretenden dar una visión holística a través de la experiencia vivencia que obtienen personas que asisten a dicha terapia ; tampoco es perceptible que cualquier persona intelectivamente activa arrastra consigo, junto con el saber adquirido durante largos años de laborioso esfuerzo, una pesada carga de la cual no podrá desembarazarse jamás si se dan determinadas circunstancias. Esto suele ser un gran impedimento para la asimilación o, mejor dicho, comprensión de algo fundamentalmente nuevo que exige otra mentalidad y distintos métodos de raciocinio.

Quien está más comprometido con unos hábitos mentales muy específicos por no decir encarrilado en un estricto raíl mental es el especialista, la eminencia en una disciplina determinada. Él sabe cómo nadie lo que es posible e imposible. Por ello, las nociones nuevas y revolucionarias encuentran, naturalmente, la más violenta resistencia en aquellas áreas pertenecientes a los científicos especializados. En consecuencia, ocurre no pocas veces que los descubrimientos innovadores son obra de personas que conocen con relativa superficialidad una determinada disciplina, la contemplan a vista de pájaro por así decirlo, y, como resultado, no se les puede catalogar como expertos. Pero aquí sucede también que sus conocimientos más bien escasos de los pormenores básicos implican menos objeciones a priori. Para demostrarlo, basta con citar algunos ejemplos arquetípicos: el trascendental descubrimiento de la fisión atómica un proceso perteneciente a la física nuclear fue la proeza de dos químicos, Otto Hahn y Fritz Strassmann, mientras que los auténticos expertos en esa disciplina, los físicos, se habían pasado cuatro años publicando sugerencias erróneas.

La psicología moderna recibió un apreciable impulso de la cibernética, prenoción elaborada por matemáticos e ingenieros; y Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, descubridor oficial de los procesos anímicos subconscientes, no fue psicólogo, sino médico según sabemos todos y sostuvo enconadas polémicas con los psicólogos puramente racionales de su tiempo.

En consecuencia, la actitud recalcitrante frente a una ciencia incipiente, la parapsicología, se manifiesta sobre todo entre los representantes oficiales de la psicología académica, y los adversarios más contumaces de la paramedicina forman en las filas del médico académico, mientras que quienes abogan por esta ciencia marginal provienen de esferas científicas ajenas a ella.

Ninguna persona razonable impugnará los grandiosos éxitos y adelantos de la ciencia médica en su lucha contra las enfermedades. Desde los descubrimientos de Lister, Pasteur y Robert Koch, en el pasado siglo, hasta la moderna quimioterapia y el empleo de los rayos láser, ha tenido lugar una marcha triunfal única, asombrosa. Pero aunque hayan desaparecido casi por completo muchas enfermedades que aniquilaban antaño a pueblos enteros, hoy día otras muchas dolencias causan estragos todavía pese al inmenso despliegue de la técnica médica ultramoderna. Por añadidura, saltan a primer plano numerosos padecimientos poco conocidos que en otros tiempos no planteaban problema alguno. Que son las enfermedades de tipo silencioso, que causan dolor al individuo, no desde el plano físico si no emocional, aquí es donde las constelaciones familiares pueden liberar al individuo, considerándose una nuevo avance en las técnicas de sanación de la salud humana.

La medicina académica ha evolucionado de una forma bastante doctrinaria como reconocen hoy muchos médicos, buenos conocedores de esa nueva faceta que ha originado, por ejemplo, la investigación psicosomática, una realidad desestimada oficialmente durante años y a la cual se presta todavía una atención demasiado escasa. En la actualidad se trata aún a ciertos pacientes, con grandes inversiones de dinero y medios técnicos ultramodernos, durante largos meses e incluso años… sin el menor éxito, y sin embargo, ocurre no raras veces que el paciente atendido por un médico psicosomático, un intruso en el campo de la Medicina o curandero, experimenta, con sorprendente rapidez, un alivio duradero, y a menudo mediante recursos increíblemente sencillos e impresionantes. Recordemos los triunfos terapéuticos del curandero francés Mauiice Mességué con su empleo de infusiones de hierbas medicinales. Personalidades célebres le han escrito expresando su profundo agradecimiento, incluso los jueces que se vieron obligados a dictar sentencia contra él por práctica ilícita de la terapéutica.

Los intrusos en el campo médico han afrontado siempre grandes dificultades. Muchos doctores parecen aferrarse al criterio de que todo método cuyo fundamento teórico no tenga ninguna relación con el estado actual de la ciencia médica, es puro curanderismo. Por el contrario, al paciente le interesa mucho menos saber si el método empleado tiene aceptación científica según los cánones vigentes hoy día o quizá la tenga dentro de algunos años. Así pues, la pauta determinativa para él enfermo consiste en averiguar si la aplicación de cierto método curativo entraña o no un riesgo…, lo cual significa, al fin y al cabo, él éxito de un tratamiento. Por ello nos parece indispensable plantear la siguiente cuestión desde un punto de vista ético:

¿Acaso tiene justificación el descartar e incluso combatir la utilización de métodos que prácticamente no entrañan ningún riesgo para un enfermo (tales como la acupuntura y el tratamiento moral de las enfermedades entre otros) y, en cambio, han auxiliado de forma demostrable a muchos pacientes? ¿Es lógico arremeter así contra ellos tan sólo porque no han recibido todavía la anuencia científica?

Junto a la medicina académica oficial hay una vasta área de terapéutica empírica. Ésta abarca diversos métodos de terapéutica y diagnóstico cuyo provecho es considerable, aunque a veces resulten menos útiles llegado el momento de una aplicación práctica sobre la cual no se sepa aun exactamente cuál será su acción, es decir la relación entre causa y efecto. Entre ellos figura uno, no reconocido todavía, perteneciente a la tradicional escuela alopática, el homeopático, creado a principios del siglo 20 por el médico alemán Samuel Hahnemann y fundamentado en el principio Similia similibus curantur (el mal se cura con un germen análogo; asimismo el irido diagnóstico, obra del doctor húngaro Ignaz Peczely y combatido con inusitada vehemencia por muchos médicos no sólo entonces, sino también hoy día.

Cuando era niño, Peczely encontró cierta vez un mochuelo perniquebrado, lo recogió y, cuando el animal se aferraba a su brazo, percibió un síntoma incipiente en los ojos del ave. Aquello le sirvió más tarde para desarrollar su teoría sobre el iridodiagnóstico o iri doscopia, teoría que ha permitido a muy diversos curanderos y algunos médicos intrusos formular asombrosos diagnósticos en muchos casos pero que requiere vastos conocimientos empíricos para aportar resultados exactos hasta cierto punto. Un dato interesante es que numerosos médicos y científicos soviéticos se muestran muy impresionados con respecto al iridodianóstico.

Otro diagnóstico no menos controvertible es la quirología, cuyos fundamentos son las marcas específicas en las manos, por ejemplo, la forma de las palmas y los dedos…, un método para el cual tampoco se ha encontrado hasta la fecha una explicación coherente.

Aunamos las conocidas técnicas de las constelaciones familiares, que permiten realizar sanaciones impresionantes en cortos periodos de tiempo y pueden ser realizadas con más de un paciente a la vez por sesión.

También son los curanderos empíricos quienes emplean la acupuntura, un procedimiento que, habiendo sido importado de China hace ya largos años, sigue sin merecer el ascenso concluyente de la medicina oficial. Aquí tienen cabida todavía otros muchos métodos como, por ejemplo, la neuroterapia, concebida por el doctor Ferdinand Huneke en 1925, que ha posibilitado curaciones fulminantes en diversos casos resistentes a toda acción terapéutica durante largos años. Los neuroterapeutas observan con mucha frecuencia que las cicatrices olvidadas o mal curadas originan diversos y graves trastornos en lugares situados a menudo lejos del antiguo foco infeccioso.

Por ejemplo, el curandero C. Dahn de Voelkling inyectó impletol junto a una antigua cicatriz en la axila de un paciente, curándole de este modo un cólico nefrítico crónico que había rechazado todos los tratamientos médicos convencionales.

Uno se siente tentado a ver cierta similitud entre las acciones curativas de la neuroterapia y la acupuntura. En ambos casos, los tratamientos relativamente simples, cuando no superficiales, pueden surtir efectos curativos en otras partes del cuerpo, incluidos los órganos internos. Hoy día parece abrirse paso una aclaración del misterio que rodea todavía a la acupuntura y la neuroterapia… lo cual es de agradecer y no en último término como demostraremos más adelante al trabajo realizado por los investigadores psi, quienes analizan también concienzudamente los fenómenos de la paramedicina, es decir investigan todos aquellos métodos curativos cuyos efectos positivos resultan inexplicables sobre una base médica académica.

El vocablo paramedicina no puede tener ningún matiz sospechoso para quien recuerde que la psicosomática, la psicoterapia y la hipnosis eran todavía mera paramedicina a principios del siglo pasado, esta es una analogía excelente para todas las terapias que abordan desde las nuevas tecnologías del alma por decirlo de una manera en función del creciente conocimiento de la terapia de las constelaciones familiares. Mucho de lo que ayer era aún para y figuraba como poco científico, hoy ya no lo es o, al menos, dejará de serlo en breve. La investigación conductométrica de la acupuntura y sus diversos puntos sobre la piel podría contribuir al ingreso definitivo de este sistema en la medicina científica.

Con frecuencia se reprocha a los investigadores de la curación psi, que la exposición de elucidaciones sobrenaturales junto con las naturales sea una característica indefectible de sus razonamientos. A ello se puede responder lo siguiente: la contraposición entre natural y sobrenatural es una cosa inexistente en la parapsicología practicada científicamente, y cuando parezca estar presente será tan sólo, con toda probabilidad, una ficción engendrada por la propia insuficiencia del pensamiento humano. Únicamente existe lo explicable en función de los módulos conocidos hasta hoy, y lo inexplicable en función de los módulos desconocidos todavía actualmente. Ahora bien, muchos indicios por no decir todos parecen denotar que los fenómenos descubiertos por la investigación psi son repercusiones de unos módulos sujetos a las leyes de la Naturaleza conocidas hasta ahora entre nosotros y que, consecuentemente, estas leyes se presentan como casos especiales de otras superiores.

Por añadidura, los impugnadores de la Medicina aseveran que la conformidad con los métodos curativos paranormales da paso libre a la charlatanería. Es innegable que en ese ámbito se mueven también medicastros y picaros cuya presencia no será nunca totalmente evitable. Como es bien sabido, los bribones pululan por todas las esferas, pero el mejor medio para reducir al mínimo la superchería podría consistir en una actitud razonable de la medicina oficial respecto a la paramedicina, una coexistencia pacífica entre la medicina académica rigurosamente racional, progresando de forma causal analítica, y la paramedicina con su intuición creadora e integral incluidas las constelaciones familiares, con su raciocinio sin tetizador. Tal vez quepa afirmar aquí que el médico experimentado se halla, por así decirlo, en un término medio entre la medicina oficial y la paramedicina, pues un buen médico debe poseer algo más que unas meras calificaciones racionales y científicas: necesita adicionalmente una porción suficiente de capacidades intuitivas. La intuición como elemento orientador en la gran trayectoria del progreso intelectual suele ser mucho más fiable que el pensamiento racional. En el terreno de la aplicación práctica muchos métodos paramédicos, considerados actuamente intuitivos, podrían ser, tras su habilitación científica, la terapia convencional del mañana. Entonces una ciencia médica progresista reconocerá y comprenderá también sin duda muchas de las llamadas actualmente curaciones milagrosas como otras tantas consecuencias de módulos superiores.

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